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Australopiteco

Dart, 1925

Un ancestro mal recibido
El primero de los antepasados del hombre se descubrió gracias a un encadenamiento de accidentes.

En 1925, una joven sudafricana observó en casa de un amigo lo que creyó que era el cráneo de un babuino. El propietario del objeto rechazó semejante atribución, ateniéndose al postulado, entonces en vigor, de que los monos antropoi-des antepasados del hombre vivían en las selvas tropicales y, puesto que no había selvas de este tipo en Suráfrica, no podía ser un babuino, que es considerado un mono antro-poide. El fósil —pues de eso se trataba— procedía de las canteras de Taung, en el antiguo Bechouana-land, el actual Bostwana. Eran canteras muy ricas en fósiles, a las que nadie hasta entonces había prestado atención.


Un babuino despistado
La joven contó el hecho a su profesor de anatomía, Raymond Dart, que confirmó la ausencia de selvas tropicales en Sudáfrica así como la de vestigios de monos antropoides que pudieran haberlas habitado —nunca se habían encontrado en Sudáfrica—, pero invalidó la tesis de que los babuinos, que son monos antropoides, sólo pudieran habitar en la jungla tropical; estos animales se hallaban asimismo adaptados a vivir en el suelo, en climas áridos. Según Dart, eran corrientes en Sudáfrica desde hacía miles de años.
Intrigado, a pesar de todo, por el cráneo fósil del babuino, Dart consiguió que le enviaran dos cajones de fósiles hallados en las canteras de Taung. Entre otros vestigios, en-
contró una marca en el interior de un cráneo que le intrigó; después halló el fragmento que encajaba y comprendió de repente que no se trataba del cráneo de un babuino.


Un cráneo humano
Demasiados rasgos diferenciaban este fósil de los grandes monos. El más importante era que el foramen magnum, el orificio del cráneo por el que pasan los nervios de la médula espinal para llegar al cerebro, se hallaba en la base del cráneo como en el ser humano, y no en su parte posterior como en los monos, lo cual demostraba que el sujeto a quien había pertenecido el cráneo había adoptado la posición erguida desde hacía mucho tiempo, cosa que no hace mono alguno. Además, el cráneo era demasiado alto y redondeado y la dentición era característicamente humana: no tenía los grandes caninos de los chimpancés ni los de los babuinos.


El niño de Taung
La cara tenía incrustaciones calcáreas, que Dart, como desconocía las técnicas de la paleontología, tardó 73 días en raspar con lo que pudo, llegando incluso a utilizar una aguja de hacer punto de su mujer. Cuando limpió la cara, se dio cuenta de que se hallaba frente al cráneo de un niño que estaba empezando a desarrollar los dientes de leche.
En esa época había una gran obsesión por el mito del «eslabón perdido» (missing link) entre el hombre y el mono. Dart envió un comunicado a la prestigiosa revista Nature, que lo público. Bautizó al individuo que había descubierto con el nombre de Australopitecus africanus; el público lo llamó Niño de Taung.
De 5 a 6 años de edad, el niño de Taung no pudo ser fechado al descubrirse, ya que entonces no existían los métodos actuales de data-ción. Según las últimas estimaciones, este descendiente de Lucy habría vivido hace dos millones de años, es decir, un millón de años después de Lucy y otro millón antes de la aparición del Homo erectus.


Un mal comienzo
Los comienzos del niño de Taung fueron difíciles: la casi totalidad del mundo de la paleoantropología, sin poner en duda la exactitud de la descripción que Dart había realizado del cráneo, se negó a admitir la especificidad de la raza. La escasa experiencia de Dart en la materia no contribuyó a facilitar las cosas. Sólo un especialista apoyó su tesis, el ilustre Broom, que creó una corriente de opinión a favor del descubrimiento y opuesta a Keith, el gran patrón de la paleoantropología británica, que entonces dominaba el medio internacional. Keith, a quien se ha denigrado en exceso, tenía razones para mostrarse reservado ante el descubrimiento de Dart: los cráneos del hombre de Java y del hombre de Heidelberg hablaban en favor, sin lugar a dudas, de una transición entre los grandes monos y el hombre, pero el cráneo del famoso hombre de Piltdown, con cráneo de hombre y mandíbula de mono, contradecía este esquema evolutivo. Hasta los años cincuenta no fue evidente que dicho cráneo era un grosero fraude (probablemente construido con fines vengativos por sir Arthur Conan Doyle, el «padre» de Sherlock Holmes, irritado por la hostilidad de los sabios hacia el espiritismo, en el que creía fervientemente).
En 1938, el propio Broom encontró en Suráfrica un segundo cráneo, emparentado con el de Dart, pero lo bastante distinto como para ser un descendiente del Australopithe-cus africanus; era el Australopithecus robustus. En 1947, Keith, el adversario de Dart, admitió que las teorías de éste eran fundadas.


El hombre del fuego
Por aquel entonces, Dart, que casi pierde el juicio a causa de las tribulaciones del niño de Taung, había descubierto otro tipo de fósil, al que dio el nombre de Australopitecus prometheus, porque, según afirmaba, conocía el uso del fuego. Dart se lanzó entonces a elaborar teorías algo descabelladas sobre el «salvajismo» de los ancestros del hombre. Sólo en los años sesenta comenzó a establecerse un clima algo más científico en el campo de la paleoantropología, cuando se hizo evidente que los numerosos descubrimientos realizados en éste desde finales del siglo XIX no representaban la totalidad de las etapas que van de los grandes monos a la raza humana.



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