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Bacterias infecciosas

Leeuwenhoek, 1673; Davaine, 1850; Obermeier, 1873

El poder de los animálculos
La identificación de los microorganismos responsables de las grandes enfermedades ha desempeñado un papel demográfico fundamental.

Uno de los ejemplos más elocuentes de descubrimiento fallido es el de las bacterias. Observadas por primera vez al microscopio por el holandés Leeuwenhoek (véase p. 86), siguieron siendo desconocidas hasta que las redescubrió Pasteur. Mientras tanto, los médicos continuaban atribuyendo las enfermedades a los «miasmas» o a causas místicas, y eran totalmente inmunes a la noción de contagio. Las víctimas de dicha ignorancia, fundada en creencias filosóficas, se cuentan por decenas de millares.
Leeuwenhoek no se contentó con haber descubierto las bacterias, los «animálculos» como él las denominaba; también las describió y, como testimonian las casi 400 cartas que envió a la Royal Society de Londres, estableció una nomenclatura muy bien hecha para ser la primera, puesto que incluía los bacilos, los coccidios, los espirilos y muchas otras. Es indudable que, si se hubiera profundizado en ellas, estas observaciones habrían hecho nacer la bacteriología mucho antes, y la medicina habría dado un paso de gigante. Pero al citar los microbios en su catálogo de los seres vivos (aunque no les dé este nombre, que acuñó Franjáis Sédillot, en 1878), el ilustre Lineo los clasifica en el «caos de los infusorios». Parece que Leeuwenhoek presintió el poder infeccioso de las bacterias.
Antes de Pasteur
Se suele citar el germen del carbunclo (Bacillus anthracis) como el primer microbio que se identificó, y se suelen citar a este respecto los nombres de Pasteur y de Koch, que lo descubrieron casi al mismo tiempo, en 1876. En realidad, el bacilo del carbunclo ya había sido descrito en 1850 por Davaine, por lo que hay que concederle los honores de los que se le ha despojado: fue uno de los primeros, si no el primero, que demostró la responsabilidad de los gérmenes en las enfermedades. El Bacillus anthracis fue, en efecto, el primer microbio identificado en la historia de la bacteriología. El bacilo de Koch pasa por ser el segundo; en realidad, fue la espiroqueta de la fiebre recurrente, que el alemán Obermeier descubrió en 1873.
Vienen después el bacilo de la lepra, descubierto en 1874 por el alemán Hansen, el vibrión séptico de la gangrena, que Pasteur y Joubert descubrieron en 1878 y el gonococo, descubierto en 1879 por el alemán Neisser. A partir de 1880, los descubrimientos se aceleraron: Pasteur descubre en 1880 el estafilococo y el estreptococo, el mismo año el alemán Eberth descubre el bacilo del tifus y los franceses Bouchard, Capitán y Charrin, el bacilo del muermo, el bacilo de la difteria, descubierto en 1882 por el alemán Klebs...
La tuberculosis
El concepto de infección se halla desde entonces sólidamente establecido, pero no triunfó con facilidad sobre los conceptos adquiridos en determinados campos, especialmente en el de la tuberculosis. La idea de que ésta pueda ser una enfermedad infecciosa no concuerda, desde luego, con el vago concepto de «consunción» relacionado con esta enfermedad, y cuando el alemán Koch descubre en 1873 el bacilo que lleva su nombre, su descubrimiento se rechaza durante varios años, pues sus detractores aseguran que dicho bacilo no se encuentra en las lesiones de la tisis, a pesar de que el francés Villemin ha establecido en 1865 el hecho de que es contagiosa. Koch también tendrá dificultades para que se admita que el cólera se debe a un bacilo, el bacilo vírgula, que descubre en 1884, en el curso de una epidemia en Egipto.
Una larga descendencia
En 1885, el alemán Escherisch descubrió el colibacilo y en 1886, su compatriota Weichselbaum, el meningococo. En 1887, el inglés Bruce descubre el germen de la fiebre de Malta; en 1888, los franceses Chantemesse y Widal, el bacilo de la disentería; en 1889, Ducrey descubre el bacilo del chancro (redescubierto en 1898 por el japonés Shiga); en 1894, el holandés Van Ermengem encuentra el bacilo del botulismo; en 1896, los franceses Achard y Bensaude, los bacilos paratíficos; en 1899, el francés Thiercelin, el enterococo, y los descubrimientos prosiguen a un ritmo más lento. La última bacteria descubierta es la legionella pneumophila, aislada en 1978, dos años después de la temible epidemia de infecciones pulmonares que hizo estragos en un congreso de la legión Americana en un hotel de Filadelfia y que más tarde se manifestaría en otras ciudades.
Pero el gran número de descubrimientos bacteriológicos y de nombres relacionados con ellos no debe hacernos olvidar que los grandes maestros de la materia fueron Pasteur y Koch, el primero por haber establecido, sin ningún género de duda, el papel de los gérmenes en el desencadenamiento de las infecciones, y el segundo por haber establecido el protocolo experimental que permite determinar que una enfermedad se debe a un germen específico.
Parece, en la actualidad, que ya se ha descubierto la mayor parte de las bacterias patógenas (que sólo representan un 3 % del conjunto total de bacterias). Vacunas y antibióticos permiten controlar bastante bien la patogenia, dejando aparte la resistencia adquirida por transmisión de información. Es posible que en el pasado se hayan producido mutaciones importantes de bacterias; aún continuamos preguntándonos cuáles pudieron ser los gérmenes responsables de las grandes epidemias de «peste», pues las descripciones de las enfermedades que nos han dejado los cronistas no siempre se asemejan a las formas registradas por la medicina moderna.


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