El papel de la imprenta
Aunque el incremento del saber y de las actividades científicas y económicas (así como militares) es favorable a la proliferación de
descubrimientos —lo que explica su creciente abundancia desde el Renacimiento—, no por ello debemos concluir de modo definitivo que en los siglos anteriores no hubo descubrimientos. El destino del saber se halla estrechamente ligado al desarrollo de la imprenta; sólo dos siglos después de su aparición se habituaron los investigadores a imprimir sus trabajos en las publicaciones científicas. La difusión de éstas y el registro de los trabajos en los índices y en los bancos de datos impiden ahora que se pierda el más mínimo conocimiento. Pero antes de la instauración de este sistema, un descubrimiento corría el peligro de perderse, pues sólo aparecía consignado en uno o a veces dos o tres documentos, tablillas de arcilla, papiros, pergaminos; es decir, en materiales muy frágiles.
Así no podemos dejar de lamentar la destrucción de la Biblioteca de Alejandría. Hay, en efecto, buenas razones para pensar que con ella se perdieron numerosos descubrimientos. Prueba de ello es una anotación de Erasístrato que, en el siglo m a.C, se refiere a los capilares que unen el sistema venoso al sistema arterial, y que Malpighi no redescubrirá hasta 1661, ofreciendo por fin una idea de conjunto coherente de la circulación sanguínea. Probablemente había allí muchos otros descubrimientos físicos, químicos y astronómicos que sólo se reconstruyeron siglos más tarde.
Aún sin conceder a los siglos remotos un saber prestigioso —error que ha llevado a más de uno a especulaciones ridiculas—, hay que admitir que los pueblos antiguos no desconocían completamente la electricidad, como testimonia una «pila eléctrica» que actualmente se exhibe en el Museo de Bagdad y que data del siglo III a.C. Asimismo podemos contemplar seriamente la idea de que los pueblos antiguos tuvieran un conocimiento —desde luego accidental— de las transmutaciones. Es, en efecto, demasiado extraño que los alquimistas hayan elegido, para tratar de transmutarlos, los dos metales cuyo número atómico es el más cercano al del oro: el plomo y el mercurio. El número atómico, única base lógica de los esfuerzos de los alquimistas, lo estableció Mendeléiev en el siglo XIX, por lo que éstos tuvieron que disponer de un elemento fortuito que orientara su elección; podría haber sido una pila atómica natural, como la de Oklo, en Gabón.
En épocas más recientes, ha habido más de un descubrimiento que, a pesar de estar debidamente impreso, se ha visto ocultado por la negligencia o la ignorancia de sus destinatarios. Poco faltó para que el único artículo de Gregor Mendel sobre las leyes de la herencia no pasara a la posteridad. Apareció en un boletín poco conocido y fue enviado en 1866 a varios eruditos: a ninguno le interesó. Fue «descubierto», treinta y cinco años después de la muerte del monje, en los archivos de la Sociedad de Historia Natural de Brno, en la Checoslovaquia actual, por los investigadores que de forma independiente habían descubierto las mismas leyes. Es una lástima que los demás trabajos de Mendel —por ejemplo, sobre las abejas—, no hayan podido llegar a nuestras manos, puesto que, tras su muerte, los monjes del monasterio los quemaron, ya que, a estos deplorables censores las investigaciones de su superior les parecían decididamente obra de Satanás. Pero aquí nos encontramos con otro problema que examinaremos más adelante: el de la ideología.
La dominación del Occidente moderno
Parece innegable que la mayor parte de la experiencia científica y tecnológica que en la actualidad se emplea en el mundo entero proviene de descubrimientos (e inventos) llevados a cabo, en general, a partir de 1750 en Occidente. En química, física, biología y conocimiento del mundo, Occidente se ha llevado la parte del león. ¡Por un Brahma Gupta que en el siglo VII se interesa por la astronomía, cuántos Newton, Le Verrier, Herschel, Hoyle! ¡Por un Ibn Sina, «nuestro» Avicena, que en el siglo XI describe metales y minerales, cuántos Davy, Priestley, Lavoisiser, Curie! Parece como si, misteriosamente, al final del mundo antiguo el espíritu científico se hubiera embotado, sólo para despertar por un «breve» momento con los árabes de los siglos X a XIV.
Sin embargo, hubo sin duda personas inteligentes en todo el mundo. Pero de China, de Japón, de la India, del Oriente antiguamente triunfal y todavía brillante desde el punto de vista militar no nos llega casi nada. Ni la más mínima identificación de tierras extrañas, ni descubrimientos de fenómenos físicos o químicos, ni siquiera descubrimientos en un campo de amplia práctica cotidiana: la medicina. No es que falten instrumentos, pues cualquier mandarín puede hacer que le manden un microscopio o un telescopio, retortas y probetas. No, parece que sólo interesa el poder de las armas y que el saber científico se considera clausurado, casi secundario. Error fatal que lleva a las naciones a desconocer el hecho de que el saber es un arma. Ni la revuelta de los cipayos en la India, ni la de los boxers en China, por ejemplo, vencerán a la tecnología occidental. Los «países durmientes» del Este sólo conseguirán su independencia al asimilar el saber occidental, y aún así... La bomba atómica, nacida del descubrimiento de la fisión por Otto Hahn, será la causa de la temible potencia militar de Japón a partir de los años cuarenta.
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