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El peso de las ideologías

Cabe invocar varias razones para explicar este gran sueño de la ciencia. Nos limitaremos a sugerir una, fruto de la observación. Si examinamos los dos periodos más fecundos de descubrimientos, el de los seis siglos a caballo del comienzo de nuestra era en el mundo helenístico y el que comienza en el siglo xvn en Europa, se comprueba que son periodos en los que se vienen abajo las ideologías. La Escuela de Alejandría, por ejemplo, no se halla sometida a religión dominante alguna: es una escuela de crítica. Los espíritus científicos que comienzan a preguntarse por los fenómenos naturales a partir del siglo XVH, fabricando microscopios y telescopios, escapan de hecho a la obediencia vaticana. Que Galileo consintiera en abjurar de la teoría copernicana, obligado por la Inquisición, no es más que pura forma. Después de abjurar, seguramente murmuró: «Eppur si muove». Proceso fatal para la autoridad temporal de la Iglesia, pues demuestra que la fe y, aún más, que las autoridades que se erigen para protegerla no tienen competencia científica. Hasta entonces no había habido motivos para interesarse por los misterios del mundo circundante, ya que se suponía que todas las respuestas se hallaban en la Biblia. Pero, después del Renacimiento, el espíritu crítico pone en cuestión el principio mismo de este postulado. Y, desde entonces, los descubrimientos se multiplican.

El peligro de los dogmas científicos

No es que a partir de ese momento el impulso científico sea libre. La propensión del espíritu a convertir en dogma lo que sabe o cree saber suplanta a las trabas religiosas. Surgen y se imponen ideologías —es decir, filosofías— que retrasan los descubrimientos y el progreso de las ciencias hasta que se las derriba. Así, los mejores físicos del siglo XVIII tienen todo tipo de dificultades para desembarazarse de la confusa teoría del flogisto, a la que se adhieren en mayor o menor medida. También los biólogos del siglo XIX tienen ciertas dificultades en deshacerse de la teoría de la generación espontánea y del contagio por «miasmas».
Del mismo modo, hay que señalar que a algunas de las mentes más preclaras del siglo XX les contrarían extremadamente los postulados de la relatividad de Einstein, y el gran Ernst Mach escribirá que no puede suscribir la idea de los átomos y «otras teorías del mismo género»...
La eterna incapacidad de admitir ideas nuevas puede engendrar en los sabios más eminentes, en los observadores más avisados, indiferencia, sarcasmo e incluso reacciones que guardan un sorprendente parecido con la estupidez. Y esto en pleno siglo XX, en los estados más liberales del mundo y en una comunidad que es, en principio, la más abierta del mundo: la de los sabios.
El caso más notable de descubrimiento que a punto estuvo de ser escamoteado de este modo es el de los genes «salteadores», observados por una investigadora americana sin grandes títulos y sin medios, Barbara McClintock. Su idea de que los genes no se hallaban repartidos ni se manifestaban en la descendencia de un germen de modo rigurosamente determinado, por no decir determinista, irritó sobremanera a los genetistas americanos de los años treinta y cuarenta. Claro que verificar los trabajos de esta mujer modesta y con aspecto de dulce maniaca habría sido demasiado largo y molesto. De no ser por su excepcional testarudez, McClintock no hubiera continuado durante cuarenta años un trabajo que la exponía a la burla de sus colegas más famosos. Sólo a comienzos de los años ochenta se reconoció por fin que la vieja dama había descubierto un fenómeno crucial, por el que obtuvo sucesivamente dos prestigiosas recompensas: el premio Albert y Mary Lasker y el premio Nobel. Para entonces, muchos de sus adversarios habían muerto hacía largo tiempo. Éste fue el caso también del descubrimiento de las hormonas cerebrales, las en-dorfinas. El patrocinador de la investigación científica inglesa, y gran especialista en hormonas, sir Solly Zuckermann, rechazó tajantemente la idea. Contra viento y marea, dos investigadores independientes se obstinaron en ella durante años: Guillemin y Schally. Descubrieron las endorfinas y compartieron el premio Nobel. Ahora bien, cuando Guillemin envió a la respetabilísima revista Nature un comunicado sobre su descubrimiento, le respondieron que era fruto de su imaginación enfebrecida.
Asimismo hay sabios que demuestran una notable miopía frente a sus propios descubrimientos. Cuando, por ejemplo, alguien tan distinguido como Otto Hahn analiza los resultados de un experimento que acaba de realizar, se rebela. ¡Dividir un núcleo de uranio y obtener bario y criptón es una pretensión digna de un alquimista! Hahn, sin embargo, ha descubierto la fisión atómica (Irene Joliot-Curie y Enrico Fermi lo habían hecho antes, sin comprender casi nada), pero no se atreve a creerlo, como lo demuestra el tono de su comunicado: el físico no excluye la posibilidad de que se trate de un error. Serán su antigua colaboradora Lise Meitner y su yerno Otto Fritsch quienes, en Suecia, comprenderán la hazaña que Hahn acaba de realizar, así como su alcance. Pero cuatro años antes, en 1935, dos sabios de primera categoría, Rutherford y Broglie, sonreían cuando se les interrogaba sobre la posibilidad de explorar la energía atómica. «No hay más razones para creer que un día se construirá un motor atómico que para suponer que se construirá un motor de conciencia, con el pretexto de que la conciencia es el motor de las acciones humanas», declara Broglie a Jacques Bergier.
Jurar que ya no volveremos a ver, como sucedió en tiempos de Carlos X, a un médico o zoólogo asegurar, dando multitud de razones, que la jirafa no puede existir por causas de morfología cardiaca, sería exponernos a la misma desventura que el apóstol Pedro.

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