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Embrión estelar

Walker, Maloney, Wilking, Lada, 1986

Génesis de un astro
El colapso gravitatorio de una nube estelar de gases y polvo es el primer estadio, ya identificado, del nacimiento de una estrella.

Desde comienzos del siglo XX y del nacimiento de la cosmología, y gracias al perfeccionamiento de los telescopios y los radiotelescopios, los astrónomos se interrogaron sobre el modo de formación de las estrellas. A partir de los años sesenta, la observación de las contracciones sucesivas que tienen lugar en la vida de una estrella, desde el estadio de gigante al de agujero negro, pasando por el de enana —observación obviamente indirecta y cimentada por deducciones de astrofísica—, permite elaborar un modelo teórico: la estrella se forma al producirse el colapso gravitatorio de una nube de gases y de polvo estelar suficientemente densa.
Nubes de este tipo se habían observado desde los años sesenta, pero era imposible saber lo que sucedía en su seno, puesto que son opacas. Se hallan, en efecto, constituidas por hidrógeno muy denso y polvo. A partir de los años setenta, con la astronomía infrarroja y la radioastronomía de microondas, fue posible perforar la estructura de dichas nubes y constatar que en su centro albergaban núcleos calientes y activos. Se encontró un gran número de fuentes infrarrojas en el interior de las nubes de polvo y gas, que presentaban todas las características previstas y necesarias para responder a la definición de embriones estelares (también llamadas protoestrellas), pero asimismo presentaban otra característica que desconcertó a los cosmólogos: expulsaban con violencia grandes
masas de materia al espacio, fenómeno que no se conseguía conciliar con el colapso gravitatorio que presidía su formación. Una estrella que se forma por acumulación de materia en su centro debería atraer la materia circundante en vez de expulsarla.


IRAS 1629 A
En 1983, el satélite americano IRAS (Infra Red Astronomical Satellite) proporcionó, durante los diez meses que estuvo en funcionamiento, información sobre unas 250.000 fuentes infrarrojas. Uno de estos objetos celestes atrajo la atención del equipo de astrónomos de la Universidad de Missouri —Walker, Lada, Maloney y Wilking— que estudiaba los datos del IRAS. A esta fuente, situada en la nube Rho Ophiu-chi, al norte de la estrella Antares en la constelación de Escorpio, a 520 años luz de la Tierra, se la designó con las siglas IRAS 1629 A. Era un objeto muy frío, con una temperatura de -233° C, es decir, sólo 40 grados por encima del cero absoluto. Pero su relativa proximidad hacía que estudiarla fuera más fácil.
Su estudio con las técnicas de la radioastronomía permitió perfeccionar su conocimiento. Este estudio, que se centró en la actividad del monosulfuro de carbono, elemento habitual en las nubes estelares que se activa intensamente cuando se halla comprimido, reveló que, en efecto, había una fuerte compresión en el centro de IRAS 1629 A, en el corazón de su núcleo en formación, pero no en la capa externa. El efecto Doppler indicó, por otra parte, que había movimiento de materia del exterior hacia el interior.
Después se descubrió que la nube, cuyo núcleo mide unos seiscientos mil millones de km de diámetro, presenta una forma elíptica y que contiene dos corrientes de materia perpendiculares al eje, fenómeno que ya se había manifestado en las demás fuentes infrarrojas y que se explica del siguiente modo. El colapso gravitatorio se puede comparar a la transformación de un balón de fútbol en uno de rugby, por la acción de una fuerza interna. Esta contracción, que no modifica la naturaleza de la capa externa, supone la expulsión de cierta cantidad de contenido. La nube se ve sometida a dos fuerzas distintas de sentido contrario: una que precipita el gas y las partículas de polvo hacia el núcleo y otra que expulsa cierta cantidad de ambas cosas. Cabe suponer que, a largo plazo, una diferencia entre la orientación y potencia de ambas fuerzas termine por provocar la rotación de toda la nube, incluido el núcleo, y la satelización de la envoltura del núcleo, que adopta la forma de cuerpos esféricos o de anillos, según los casos.
Una comparación de los modelos teóricos con los datos disponibles sobre el IRAS 1629 A indica que su colapso gravitatorio comenzó hace unos treinta mil años, lo que lo convierte en un objeto muy joven según las normas astronómicas. Sin embargo, se necesitan, según Lada, tres veces más, es decir, un millar de siglos, para que el núcleo central, ya mucho más denso, alcance el diámetro del sol; su temperatura, por entonces, se habrá elevado a niveles comparables a los de este astro, debido a la compresión de la materia.


La formación del universo
El descubrimiento del primer embrión estelar permite, por tanto, observar el proceso dominante en la formación de nuestro sistema solar, así como plantear una nueva hipótesis general sobre la formación del universo, que habría estado constituido en su origen por una nube de gases y partículas elementales cuya posible composición se esfuerzan en determinar los astrofísicos.
El conocimiento de la estructura del cuerpo IRAS 1629 A, que parece llamada a escindirse en un anillo externo con una velocidad de rotación superior a la de su núcleo estelar, permite explicar la gran diferencia entre la velocidad de rotación del sol sobre su eje —sólo de un 3 % del momento de rotación total e inicial del sistema solar— y la de los planetas que, aunque representan únicamente un 1 % de la masa total del sistema, han conservado el 97 % de su momento.

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