Espermatozoides
Leeuwenhoek, 1677
Los confundieron con parásitos
La identificación de las células fecundadoras masculinas no facilitó de forma inmediata la comprensión de la fertilización.
La historia de los espermatozoides, al igual que muchas otras en la ciencia, ilustra muy bien el perjuicio que causa la ideología en la interpretación de lo real. El hombre que los descubrió, el holandés Antonie Van Leeuwenhoek, descubridor asimismo de las bacterias, debe su suerte a la observación al microscopio del líquido seminal. Guiado por su espíritu objetivo, Leeuwenhoek se contentó con describir los espermatozoides con la mayor exactitud posible. Este descubrimiento sorprendió a muchos, pero nadie se preocupó de profundizar en él. Todo lo contrario. Al año siguiente, su compatriota Hartsoeker publicó unos grabados que representaban las células observadas por Leeuwenhoek; eran seres humanos muy pequeños u homúnculos, en estado de preformación evidente. Sin embargo, ¡Hartsoeker había observado los espermatozoides al microscopio!
Preformación o epigénesis
Hasta comienzos del siglo XIX, y a pesar de que la miscroscopia había progresado de forma considerable, dos teorías continuaron dividiendo a los sabios sobre la formación del embrión. Una era la teoría de la preformación, que sostenía la existencia en el esperma de un ser completamente formado que, durante la gestación, adquiría peso hasta alcanzar el tamaño de un recién nacido; la otra era la teoría de la epigénesis, que postulaba que el zigoto
se estructuraba por etapas. Ésta se aproximaba a la realidad, pero nadie comprendía cómo una sustancia informe podía organizarse para producir un ser humano pequeño.
Una de las paradojas más extraordinarias en este terreno la constituye el hecho de que, en 1773, el gran fisiólogo italiano Spallanzani, el primero en conseguir en el laboratorio la fecundación de huevos de rana con esperma, sostuviera que los espermatozoides no eran sino parásitos del esperma. Spallanzani propuso una teoría tan completa como fantástica, que era una variante de las ideas sobre la preformación. En su opinión, todo ser se hallaba presente y preformado en el huevo de los animales hembras, y el esperma sólo desempeñaba el papel de líquido nutritivo.
Sin embargo, unos años antes, en 1768, los trabajos del alemán Wolff sobre el desarrollo del embrión del pollo habían aportado muchas pruebas a favor de la teoría de la epigénesis. En 1845, el alemán Baer fundó la embriología al demostrar la existencia de tres capas germinativas en el embrión (el ectodermo, el mesodermo y el endodermo). Las teorías de la preformación perdieron rápidamente terreno, hasta que Hertwig les asestó un golpe mortal al demostrar, en 1875, que el espermatozoide y el huevo eran células cuya fusión era indispensable para la fecundación. La embriología pasó de golpe al campo de la ciencia.
Influencias de una teoría
La teoría de Spallanzani prevaleció durante decenios y, por la influencia de consideraciones religiosas, hubo quien sostuvo que el coito no era necesario para la procreación.
Gérmenes encajados
Una de las teorías más fantásticas sobre la formación del embrión es la de los gérmenes encajados, que el suizo Bonnet sostuvo en el siglo XVIII, según la cual los ovarios de Eva, madre de la especie humana, habrían contenido los gérmenes de los seres humanos, encajados unos en otros como si fueran muñecas rusas y tanto más pequeños cuanto más alejados estuvieran de la época en que vivió la primera mujer. Por aquel entonces, los espermatozoides, que, sin embargo más de un sabio había visto al microscopio, estaban completamente «desacreditados».
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