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Hombres de Cro-Magnon y de Neanderthal

Anónimo, 1856, 1868

Los primeros europeos
Hace poco más de un siglo que la evolución de la humanidad por etapas se convirtió en un hecho conocido.

Hasta mediados del siglo XIX, la idea de la evolución fisiológica y psicológica del hombre desde sus orígenes, y sobre todo desde sus orígenes animales, perteneció al terreno de la especulación. La paleontología lanzaba sus primeros balbuceos, había muy pocas pruebas formales de semejante evolución y aquellas de las que se disponía —como las herramientas exhumadas por el francés Boucher de Perthes, cerca de Abbeville— eran rechazadas por numerosas autoridades —por las religiosas desde luego— como meras presunciones. Charles Darwin no había elaborado aún su gran cuerpo de doctrina sobre la evolución. En la mayor parte de las universidades prevalecían las teorías creacionistas que, calcadas de la Biblia, no dejaban sitio a la verdad científica.


El primer Homo sapiens
En este contexto, en el verano de 1856, unos obreros que trabajan en el valle de Neander, una garganta escarpada cerca de Dusseldorf (Alemania), descubren de forma accidental una caverna situada a 18 m por encima del lecho del Neander, afluente del Rin. Al picar bloques de roca para extraer cal, descubren antiguos esqueletos, pero no les prestan mucha atención; la mayor parte de ellos se rompen y se pierden, y sólo por una extraordinaria casualidad se recuperan un cráneo y unos restos de esqueleto y llegan a manos de la comunidad científica. El arco superciliar bajo, el prognatismo de mandíbula inferior deprimida, la frente muy abombada, rasgos, todos ellos, reconstruidos a partir del cráneo, y la postura pesada, reconstruida a partir del esqueleto, suscitan una reacción de horror, incluso en la comunidad científica, que se niega a ver en estos restos el antepasado del ser humano. Un profesor de Bonn, F. Mayer, llegará a afirmar que son los restos de un cosaco mongol que se habría refugiado en la gruta cuando iba de camino a Prusia, en 1814, persiguiendo a los ejércitos napoleónicos. Mayer afirma que el desgraciado padecía de raquitismo congéni-to, que se le había remodelado el rostro... Pero hay que decir que el resto de la comunidad científica no se halla mucho más avanzada, y numerosos sabios hablan de un ser «perteneciente a una raza salvaje» o de un «idiota congénito», como recuerda con gracia el profesor Richard Leaky, famoso antropólogo, en Los orígenes del hombre.
Tendrá que pasar casi medio siglo para que al hombre de Neanderthal se le asigne su verdadero puesto: el de uno de los primeros representantes del Homo sapiens. Existió en un periodo situado entre los 20.000 y los 100.000 años antes de nuestra era.
No es de extrañar que, en semejante ambiente intelectual, el primer hombre de Neanderthal que se descubrió, en Gibraltar y en 1848, no interesara a nadie.
En 1868, otra cuadrilla de obreros que despejaba el trazado de una vía férrea que atravesaría los acantilados de Eyzies, en el valle de Vézére (Dordoña), encuentra otra cueva, conocida con el nombre de Cro-Magnon, donde descubre cinco esqueletos humanos, de cráneo alargado y mandíbula pequeña, que son rasgos del hombre actual. Esta vez, el descubrimiento se acepta e interpreta mejor. Se postula que el Hombre de Cro-Magnon era contemporáneo del de Neanderthal. En la actualidad sabemos que coexistieron durante cerca de 20.000 años y que el Hombre de Neanderthal terminó por aislarse en territorios restringidos hasta su desaparición.
Numerosos descubrimientos posteriores consolidaron y precisaron las diferentes etapas y circunstancias de la evolución humana. En primer lugar, otros hombres fósiles (Ehringsdorf y Steinheim, en Alemania, Kaprina, en Yugoslavia, Saccopastore, en Italia, Gibraltar y Palestina) revelaron la existencia de un tipo preneanderthaliano cuyos diversos representantes se agrupan bajo el nombre de paleantropianos. Parece que los hombres de Neanderthal y Cro-Magnon procedían de la misma rama, y que el de Cro-Magnon se desarrolló hasta llegar al actual Homo sapiens sapiens, mientras que el de Neanderthal desapareció sin descendencia.


El Homo erectus
Otros descubrimientos —el de Pitecántropo de Java, que descubre el francés Dubois en 1891 y al que posteriormente se le denomina Homo erectus, el de los Sinántropos descubiertos en China entre 1922 y 1940, el del Atlantropo, descubierto en Argelia en 1954, que vivió hace unos 500.000 años— ponen de manifiesto que la evolución no se produjo de manera uniforme en todo el mundo y que el estadio de Homo erectus precede al del Hombre de Neanderthal y coexiste con el de los preneanderthalianos.
El primero de todos es un grupo que aún no es del género Homo, pero que ya no es un simio: el Australopiteco, cuyo primer ejemplar se descubrió en África, en 1925. Tenía el tamaño de un chimpancé, pero andaba erguido; su capacidad craneana era la tercera parte que la del Hombre de Neanderthal, pero su dentadura era intermedia entre la del mono y la de los estadios posteriores. Aún más anteriores son los grandes monos como el Ramapiteco o el Egiptopiteco. La causa de la evolución se comprendió desde principios de siglo y lo único que se discute ahora son sus modalidades, tanto locales como generales.

La paradoja de la capacidad craneana
Por regla general, la capacidad craneana, que presupone la complejidad intelectual, no cesa de aumentar del gorila al hombre contemporáneo, pasando de 500 a 1.400 cm3. No obstante, se observa que, del gorila al Australopiteco disminuye a 450 cm3. Por otra parte, aunque aumenta claramente del Homo erectus (1.100cm3) al hombre de Neanderthal (1.500 cm3), disminuye un poco de éste al hombre contemporáneo. Pero se ha establecido que la complejidad intelectual no se halla determinada únicamente por la capacidad craneana.



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