Hormonas cerebrales
Guillemin, Schally, 1970
Las glándulas del cerebro
La secreción de hormonas por el cerebro es un hecho que ha revolucionado la neurología.
A comienzos de los años cincuenta, un francés, Henri Guillemin, y un polaco, Andrew Schally, que estudiaban juntos en la Universidad de Montreal, se quedan asombrados ante la hipótesis del inglés Geoffrey Harris de que la hipófisis, centro regulador del funcionamiento endocrino, situada en el cerebro, dependía de hormonas segregadas por el propio cerebro.
Una hipótesis aventurada
La propuesta de Harris, que no se basaba en hechos, parecía por ello más que descabellada. Los mejores neurofisiólogos de la época estaban seguros de que el cerebro no podía compararse a una glándula endocrina; es decir, no podía producir hormonas. Y una eminencia de la categoría de sir Solly Zuckermann puso todo su empeño en demostrar la inanidad de los experimentos que indicaban que sería interesante profundizar en la teoría de Harris. No obstante, Guillemin y Schally, ambos testarudos, comenzaron a realizar, por separado, una investigación sobre un factor hormonal cerebral desconocido que, según indicios muy firmes, era segregado por una parte del cerebro, el hipotálamo. A pesar de hallarse enfrentados por un antagonismo en el que a la rivalidad se unía la falta de afinidad, Guillemin y Schally supusieron juntos que el factor en cuestión provocaría la secreción por la hipófisis de una hormona que controla las glándulas suprarrenales: la ACTH o corticotrofina. Su idea consistía en que el hipotálamo era el
que controlaba al director de orquesta endocrino que es la hipófisis, razón por la que ambos llamaron al factor que querían encontrar CRF (Corticotropin Releasing Factor). Tienen entonces que aislar aunque sólo sea cantidades mínimas de CRF en el hipotálamo animal —las señales de la hormona son sin duda demasiado escasas para ser descubiertas mediante el análisis químico—, para lo cual se necesitan millares de hipotálamos. Debido precisamente a la enorme cantidad de materia prima requerida, bastante cara, ambos investigadores se hallan solos en su terreno. En 1960, Guillemin trabaja en el Colegio de Francia y le resulta más sencillo recorrer los mataderos, mientras Schally trabaja en Houston, en la parte más dura.
Tres miligramos
A pesar de todo, es Schally el primero en descubrir,, tras haber examinado el hipotálamo de unos 100.000 cerdos, 3 mg de una sustancia que, por sus propiedades químicas, se asemeja mucho al CRF buscado; la denomina TRF (Thyrotropin Releasing Factor), porque parece influir en la secreción de la tirotropina, hormona del tiroides. Guillemin aún no ha encontrado nada.
Ambos consiguen una subvención de organismos de investigación, y después de haber gastado mucho dinero en la compra de tejidos animales y, para colmo, en la búsqueda de un objetivo que los mejores especialistas consideran ilusorio, se les pide que presenten los resultados de su trabajo en una conferencia que se va a celebrar en Tucson (Arizona), en enero de 1969. A nadie se le escapa que el objeto de dicha conferencia es abrir un proceso contra las «absurdas» teorías de un funcionamiento del cerebro de carácter endocrino. Schally es el único que parece tener resultados válidos que poder presentar. Pero sólo tres semanas antes de la conferencia, Guillemin mata dos pájaros de un tiro: no sólo encuentra el TRF aislado por su rival, sino que establece su fórmula. Aunque la conferencia no resulta un triunfo inmediato, porque muchos neuroquímicos siguen mostrándose escépticos, asegura a ambos investigadores el mantenimiento de las subvenciones para poder continuar investigando.
Ambos postulan que el hipotálamo segrega en realidad dos hormonas y que la segunda, a la que denominan LRF (Luteinizing Releasing Factor), influye en el sistema genital.
A finales de los años setenta, y casi al mismo tiempo, Guillemin y Schally aislan el LRF y esta vez es Schally el que da a conocer la fórmula.
Ya no es posible, ni siquiera para los neurofisiólogos más reacios, negar la realidad del descubrimiento. Es sobre todo Guillemin el que toma una merecida revancha frente a una comunidad científica a la que, en este caso, le ha faltado apertura mental y objetividad. Así, cuando
envió un informe a la muy seria revista americana Science, órgano de la Asociación Americana para el Progreso de las Ciencias, además de ser una publicación de prestigio internacional, su artículo fue rechazado, con el sorprendente pretexto de que el TRF supuestamente descubierto por Guillemin era fruto de su imaginación desbocada... En 1978, ambos científicos compartirán el premio Nobel de Medicina y se verán obligados, por vez primera, a estrecharse la mano.
El papel de los humores
El descubrimiento de ambos investigadores es inmenso: revela que buena parte del equilibrio hormonal depende de los humores y que el hipotálamo se halla, en efecto, parcialmente bajo el control de las emociones.
El descubrimiento de dos neurohormonas, el TRF y el LRF, a las que posteriormente se unirán el GRF, que inhibe la hormona del crecimiento, y las endorfinas, ha tenido otra consecuencia fundamental: la de fusionar la neurología y la endrocrinología en una nueva disciplina, la neuroendocrinología. Por último, ha abierto nuevas perspectivas sobre los mecanismos psicosomáticos, hasta entonces inciertos. Desde entonces se ha establecido, sobre bases orgánicas, que el hipotálamo, sensible a las emociones, puede influir en el crecimiento, el funcionamiento sexual y el tiroides.
Un excepcional antagonismo
Las relaciones entre Guillemin y Schally eran tan poco cordiales que, cuando el francés pidió al polaco que le facilitara unas muestras de TRF que Schally había descubierto, éste recurrió a unas hipotéticas leyes americanas que prohiben el transporte de sustancias químicas de un estado a otro.
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