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Huellas digitales

Purkinje, 1823

La firma incomparable
Las huellas digitales ya eran empleadas por los pueblos de Babilonia. Hasta el siglo xix no se descubrió su cualidad de únicas.

Los reyes de Babilonia que querían conferir a sus edictos un sello de autenticidad incontestable ponían la huella de la mano derecha debajo del texto grabado sobre arcilla, antes de cocerlo. Los pueblos de Babilonia, corno muchos otros de la Antigüedad, sabían que no hay dos manos con huellas idénticas.
La práctica de las huellas digitales prosigió durante siglos, hasta tal punto que pocas personas sabían firmar con su nombre. En 1823, el checo Jan Evangelista Purkinje, fundador de la fisiología experimental, que estudiaba las glándulas sudoríparas, descubrió que no hay dos personas en las que el dibujo de las crestas y los surcos de la piel sean idénticos. Se da cuenta porque las glándulas sudoríparas terminan en las depresiones de los surcos.
Sólo entonces la ciencia consagra de modo oficial el carácter específico e individual de las huellas digitales. Pero tiene que pasar medio siglo para que la toma de huellas con tinta, o dactiloscopia, llegue al campo de la antropometría judicial. El primero, que se sepa, en utilizar las huellas tomadas con tinta o dactilogramas es un empleado de la policía argentina del estado de Buenos Aires, Juan Vucetich, que publica en 1888 un tratado de dactiloscopia comparada.
A partir de 1890, los ingleses elaboran un sistema comparable, conocido con el nombre de Galton-Henry, que Scotland Yard aplica en junio de 1900. Tres años después, Alphonse Bertillon, fundador de la antriopometría criminal francesa, utiliza la dactiloscopia. En la actualidad su empleo sigue siendo habitual en todos los servicios de identidad judicial del mundo.


Arcos, espiras y lazos
Se distinguen tres esquemas principales en las huellas digitales: el arco, la espira y el lazo. La antropología comparativa ha establecido que su frecuencia varía según el origen étnico. Los europeos tienen pocos arcos, los pigmeos y los bushmen de África son los que más tienen (del 10 % al 16 %); los orientales tienen más espiras que los occidentales (un máximo de un 42 % en los primeros y de un 16 % en los segundos). Los lazos son los más frecuentes; los europeos, los africanos y los aínos de Japón son los que más tienen (del 52 % al 76 % de la población), y los demás se sitúan muy por debajo (del 28 % al 64 % de los sujetos). En conjunto, los occidentales tienen más arcos y lazos que los orientales. El desglose de la población en función del reparto de frecuencias corresponde en muchos casos al desglose en función de la frecuencia de los grupos sanguíneos.

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