Grandes descubrimientos de la ciencia: Introducción
En el lenguaje corriente, el término «descubrimiento» no suele diferenciarse en exceso del de «invención». Así se dice que Cristóbal Colón descubrió América, pero el que descubre un tesoro legalmente tiene derecho al título de «inventor»*. Y esta ambigüedad sobrepasa el campo del vocabulario.
Aunque acordemos conceder al término «descubrimiento» el sentido de hallazgo fruto del azar, y al de «invención» el de un logro dictado por el saber y el razonamiento, los límites entre ambas acepciones no siempre están tan claros. Es, sin lugar a dudas, cierto que es el azar el que siembra mohos en una de las cajas de Petri donde Alexander Fleming cultivaba estafilococos dorados. Los mohos destruyen las bacterias; Fleming constata que es el «jugo» de los mohos el que produce este efecto inesperado y lo denomina penicilina; y quince años después este descubrimiento revoluciona la medicina.
Y es asimismo cierto que treinta años antes, en 1898, gracias a sus conocimientos técnicos y a su capacidad de razonamiento, un americano, hoy ya olvidado, M. J. Owens, inventa una máquina que modificará en buena medida la vida cotidiana, ya que fabrica de forma automática las botellas que hasta entonces se fabricaban soplando. Además, hasta 1943, es en una de las botellas obtenidas por el procedimiento de Owens donde se cultiva el moho milagroso denominado Penicillium notatum.
Pero resulta que el descubrimiento de Fleming no es en realidad tal. Dos mil quinientos años antes, los chinos habían descubierto que la crema de soja en la que se habían desarrollado mohos curaba las infecciones cutáneas: granos, forúnculos, Ántrax, etc., y la usaban como pomada antibiótica, sin saber siquiera el significado de semejante palabra. También antes de Fleming, otros especialistas habían comprobado el poder bactericida de ciertos mohos; sin embargo, los antibióticos nacieron después de Fleming. ¿Por qué? Porque Reming, como todos los inventores, se sirvió también de sus conocimientos científicos y de su capacidad de razonamiento; es decir, comprendió el alcance de su descubrimiento, por lo que, hasta cierto punto, «inventó» la penicilina.
Llevando esta forma de razonar hasta el final, habría que deducir que Cristóbal Colón también «inventó» América. Tradicionalmente se le atribuye el proyecto de buscar una ruta marítima distinta hacia las Indias, y se afirma, sin pensarlo demasiado, que su descubrimiento del Nuevo Mundo fue fortuito; en otras palabras, que fue una especie de fracaso.
Pero la historia nos ha enseñado, hace ya varias decenas de años, que Colón disponía de los mapas de un navegante turco, Piri Reis, que ofrecían mucha más información que los portulanos europeos: describían las Américas y el Océano Antartico. Es evidente que Colón no habría obtenido el dinero necesario para su expedición si hubiera dicho que iba a conquistar tierras al otro lado del Atlántico. En nuestra opinión, se inventó que iba a encontrar un atajo para llegar a las Indias. Es en cualquier caso, y con toda legitimidad, el «inventor» de América.
Una semilla sembrada por el azar en terreno fértil
Para apoyar esta tesis, hay que tener en cuenta que los descubridores casi nunca son unos ignorantes. Un ignorante puede, desde luego, encontrar un billete de banco en la calle, pero si casualmente tropieza con un fenómeno físico insospechado hasta ese momento, no comprenderá su alcance. Por ejemplo, un profano que mire por el telescopio más potente del mundo, no podrá reconocer la explosión de una supernova. Denis Papin, al observar en el siglo XVIII —¿cabría decir «al descubrir»?— que el vapor de una olla de agua hirviendo tapada levantaba la tapadera, identificó la potencia del vapor y concibió —pero sólo concibió— el principio del pistón. El vapor, desde luego, había levantado muchas tapaderas antes de que Papin lo observara, pero, al ser físico, Papin es el primero que en los tiempos modernos se da cuenta de su significado e importancia. Cabe afirmar, por tanto, que, entre otras definiciones, el descubrimiento es el fruto de una semilla que siembra el azar en terreno fértil.
De esto se deduce que todo descubrimiento digno de semejante nombre es el resultado de un conocimiento profundo, que, en cierto sentido, hace que el espíritu del descubridor se halle preparado. Se deduce asimismo que todo descubrimiento puede desembocar en un invento, en un lapso de tiempo más o menos breve, y, en este caso, el descubridor suele ser también el inventor.
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