Molécula de la Memoria
Braestrup, 1980; Chapouthier, Rossiery Dodd, 1983
Hacia la pildora del recuerdo
Un viejo sueño de los neurólogos lo constituye una sustancia química que estimule la memoria.
La búsqueda de una molécula susceptible de estimular la memoria se remonta a los primeros decenios del siglo XX. Se creyó encontrar la sustancia «mnésica» o «mnemogénica» sucesivamente en la cocaína, el ácido fosfórico y el calcio. En 1957, los ingleses Steinberg y Summerfield, de la Universidad de Londres, realizaron los primeros trabajos serios sobre este tema, demostrando, a la inversa, que determinadas sustancias, como el protóxido de nitrógeno (el «gas hilarante» que fue el origen de la anestesia), alteraban la memoria. En 1971, el italiano Ungar supuso que había ácidos nucleicos en el cerebro cuyo consumo le permitía adquirir recuerdos que antes había registrado. Sus experimentos con gusanos y ratas han sido invalidados por los contraexperimentos realizados por otros investigadores. Ese mismo año, el americano Pauling postuló que la memoria dependía de huellas de elementos en el cerebro, teoría que seguía siendo incompleta. En realidad, es extremadamente difícil intervenir de forma química en los procesos de la memoria, que hasta hoy siguen siendo desconocidos desde el punto de vista neurológico.
En 1980, el danés Braestrup buscó en la orina humana restos de un hipotético tranquilizante natural, análogo a las endorfinas. Después de haber tratado 1.700 litros de orina, aisló una molécula de la familia de las p-carbolinas, alcaloides que se encuentran en varios vegetales, como el fruto de la pasionaria, y cuyos efectos, unas veces excitantes y otras sedantes, varían en función de su estructura. Pero la β-CCE que Braestrup había aislado presentaba una particularidad que parecía indicar que el investigador había conseguido su objetivo, ya que se relacionaba con los receptores nerviosos de los tranquilizantes.
Tranquilizante o convulsionante
Las conclusiones de Braestrup fueron invalidadas por varios contraexperimentos: la β-CCE no era un tranquilizante, sino un convulsionante y, además, la molécula en cuestión no era natural, ya que se formaba de modo artificial al tratar la orina, por reacción de ciertas sustancias con elementos orgánicos.
Aunque sus resultados fueran negativos, el experimento de Braestrup hizo que se conociera a la afinidad de la (β-CCE con los receptores cerebrales. Su efecto convulsivo recuerda asimismo la serie de trabajos inaugurada por Steinberg y Summerfield sobre la relación entre memoria y psicotropos, que se vio enriquecida de modo considerable por los experimentos con tranquilizantes: las sustancias que producen convulsiones estimulan la memoria, los tranquilizantes la alteran. Es, por tanto, posible que la β-CCE active los procesos nemotécnicos.
Para verificar esta hipótesis, los franceses Chapouthier y Rossier y el inglés Dodd, del Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS), sometieron a prueba, en 1983, una molécula muy similar a la (β-CCE, la β-CCM, asimismo una molécula de síntesis.
Realizaron experimentos con ratones. Se ponían tres grupos de animales en una situación de conflicto, también llamada estresante o ansió-gena, y se les sometía a una breve prueba de aprendizaje. A uno de los grupos se le habían administrado tranquilizantes, a otro, (β-CCM y al tercero, nada. Las medidas indicaron que los animales que mejor habían memorizado su experiencia fueron los que se hallaban bajo la influencia de la (β-CCM, y los que peor lo habían hecho fueron los que habían recibido tranquilizantes, en tanto que el rgupo al que no se le había administrado sustancia alguna se situaba entre ambos.
Un experimento similar que llevó a cabo en 1984 el inglés Dorow con seres humanos, con otra molécula semejante a la (3-CCM, indica que ésta produce un estado de ansiedad agudo. No se han medido los efectos de las (β-carbolinas sobre la memoria, pero otros ensayos con animales han confirmado su efecto positivo sobre la capacidad nemotécnica.
Angustia y memoria
En 1984-1985 se estableció que los mismos receptores cerebrales que fijan las benzodiazepinas —es decir, los tranquilizantes— fijan asimismo estas moléculas, de lo que se deduce que el cerebro capta las sustancias que inhiben o estimulan la memoria en idénticos emplazamientos celulares. En 1986 se seguía
buscando una hipotética molécula natural de la angustia que estimulara la memoria. La molécula «tranquilizante» natural que permitiera borrar los recuerdos penosos podría ser una endorfina.
En 1986, el uso farmacológico de las (β-carbolinas como «pildoras de la memoria» no se contemplaba en un futuro inmediato, debido a sus propiedades ansiógenas.
La propia naturaleza de la memoria sigue siendo un misterio. Parece difícilmente separable de la actividad general de la corteza cerebral, es decir, de los circuitos de conexión que unen cientos de miles de neuronas mediante transmisores químicos, lo que equivale a decir que es difícilmente separable de los mecanismos del pensamiento. La patología del cerebro y, sobre todo, el estudio de las lesiones cerebrales, de los efectos de drogas como el LSD y de trastornos psíquicos como la esquizofrenia indican que las alteraciones del pensamiento casi siempre se relacionan con las de la memoria. En 1966, el escritor Henri Michaux informó que las imágenes evocadas después de tomar LSD, extraídas de la memoria, eran muy difíciles de memorizar, de lo que se deduce que en toda acción sobre la memoria interviene la actividad total de la corteza cerebral, y a la inversa. Como indica el descubrimiento de Chapouthier y Rossier, una acción puntual sobre la memoria parece poner en marcha mecanismos que se traducen en ansiedad, es decir, es un estado de alerta cerebral que es el más favorable para la memorización.
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