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El papel de los mosquitos en las enfermedades infecciosas

Finlay, 1880; Ross, 1895; Bignami, Grassi y Bastianelli, 1898

Las conquistas de los mosquitos
El transporte de los gérmenes de la malaria y de la fiebre amarilla por los mosquitos se consideró, durante mucho tiempo, una teoría arriesgada.

La malaria o paludismo es una enfermedad muy antigua, pues hay observaciones sobre ella que se remontan al siglo v antes de nuestra era: las del médico griego Hipócrates, que distingue cinco tipos (algunos de los cuales pueden ser también fiebres recurrentes). Parece que hizo estragos sobre todo en Oriente y en Extremo Oriente y que no llegó a América hasta después de que lo hiciera Colón, ya que en el Nuevo Mundo comenzaron a aparecer epidemias de malaria a partir de 1493.

El protozoo plasmodio
El uso de la quinina, extraída de la corteza del quino, es más moderno. Aunque se hallaba muy extendido desde 1700, las causas de la enfermedad seguían siendo desconocidas. El primero en plantear la hipótesis de que la transmisión de los gérmenes la realizaban los mosquitos fue el italiano Lancisi en 1707, que además desecó amplias zonas de las marismas Pontins, centros endémicos de malaria. Pero hasta 1880 el francés Laveran no aisló el agente de la enfermedad, el proto-zoario plasmodio. La inoculación en la sangre se convirtió entonces en la hipótesis más verosímil.
En 1892, el inglés Ross tuvo la idea de estudiar un mosquito, providencialmente conservado, que acababa de chupar la sangre de un enfermo, y examinar el contenido de su estómago, donde descubrió el
protozoo. En 1895 procedió a un original experimento que consistió en meter en la misma jaula pájaros enfermos de paludismo y pájaros sanos: no hubo contagio. Ross introdujo seguidamente mosquitos y los pájaros enfermaron. Cabe decir, por tanto, que Ross fue el primero en descubrir y establecer el papel de los mosquitos como transmisores de la enfermedad.


La hembra del mosquito
Lo que se produce en los animales no siempre sucede en el hombre, pues hay enfermedades que no son intertransmisibles. El descubrimiento de la transmisión al hombre fue obra de los italianos Bignami, Grassi y Bastianelli, en 1898. Estos tres investigadores tomaron la temible decisión de infectar a un hombre con los mosquitos, pudien-do de este modo establecer el ciclo del parásito en la sangre. Fueron también los primeros en establecer que el plasmodio es exclusivamente transmitido por la hembra del Anopheles Aegyptn.
Hasta 1948, los ingleses Garn-ham y Shortt no establecieron que el parásito no sólo completa su ciclo de reproducción en la sangre humana, sino también en el organismo del mosquito.


La fiebre amarilla
El innegable carácter de descubrimiento del papel específico de los mosquitos en la transmisión del paludismo ocultó en cierto modo el descubrimiento anterior del papel general de estos insectos en la transmisión de enfermedades. En efecto, en 1881, el cubano Finlay postuló, basándose en comprobaciones clínicas formales, que la fiebre amarilla era transmitida por un mosquito, el Aedes Aegyptü. Extrañamente, nadie se fijó en sus trabajos durante casi veinte años (Finlay había publicado su tesis en 1886). En aquella época, aún no se había abandonado la teoría de los «miasmas» y se suponía que la fiebre amarilla era transmitida por gérmenes presentes en el aire o en el agua. Fue el descubrimiento de Ross el que finalmente terminó por hacer creíble la tesis de Finlay. No obstante, los americanos, que invadieron Cuba en 1900, tras la guerra entre ambos países, creían tan poco en la tesis de Finlay que corrieron el considerable riesgo de inocular esta grave enfermedad a seres humanos. Los americanos Reed, Carroll, Lazcar y Agramonte verificaron el poder infeccioso de los mosquitos al hacer que picaran a voluntarios de las fuerzas de ocupación, empleados civiles y miembros de la expedición. Por último, en 1901, el informe de la comisión americana confirmó la teoría y el trabajo de Finlay: se había descubierto en la sangre de los enfermos el agente de la fiebre amarilla; era un virus filtrante, llamado amarillo, transportado e inoculado por los mosquitos. Desde entonces se tomaron medidas para luchar contra esos insectos: desecación de zonas pantanosas, eliminación de aguas estancadas y destrucción de larvas con fuego.


Otras enfermedades
Una vez admitido, el papel de los mosquitos como transmisores de infecciones permitió descubrir la causa de otras muchas enfermedades, como la filariosis linfática de Wuchereria, el dengue y la encefalitis vírica, asimismo transmitidas por los mosquitos; la fiebre tifoidea, la oftalmia purulenta, la tuberculosis, la estafüococia, la disentería, el cólera y el tracoma, transmitidas por la mosca doméstica; el carbunclo, transmitido en algunos casos por la mosca Stomoxys; la enfermedad del sueño o tripanosomiasa, transmitida por la glosina o mosca tse-tse; la oncocercosis, también llamada ceguera de los ríos, transmitida por los simúlidos; numerosos miasas: intestinales, oculares, cutáneos, subcutáneos, etc.; la filariosis, que transmiten los reznos; el tifus, transmitido por los piojos; la peste, que transmiten las pulgas... La lista de enfermedades que transmiten los insectos es interminable.
La prevención mediante la mejora de la higiene, el recurso —al principio de modo excesivo— a los insecticidas y después, a partir de los años setenta, a la lucha biológica y, desde 1880, la farmacología y las vacunas basadas en el descubrimiento del papel de los insectos en la propagación de las enfermedades han permitido controlar, cuando no eliminar, muchas de tales enfermedades. Se ha recorrido un largo camino desde las teorías «miasmáticas».

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