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Mutaciones


Dubinine, 1937; Spencer, 1957

¿La creación de la especie humana?
La posibilidad de la existencia de variaciones genéticas hereditarias es uno de los temas fundamentales en la biología.

En el siglo XVIII, cuando aparecen los primeros esbozos de la transformación de las especies, varios sabios —entre ellos Buffon y Cuvier, fundador de la paleontología— intuyen, al estudiar los primeros fósiles exhumados, que hay una lógica en la sucesión de las especies a través de las edades geológicas. Cuvier, por ejemplo, cree que la cabeza del Palaeotherium se parece mucho a la del tapir contemporáneo. Sin embargo, no admite un concepto de evolución en el que una especie, tras una serie de transformaciones, llegaría a convertirse en una especie emparentada con la anterior, pero distinta. Cuvier se opone a esta idea, y sobre todo a la teoría que profesa Lamarck. Sin embargo, surge el problema de la mutabilidad de las especies y, a pesar de los esfuerzos de Cuvier por despacharla sin miramientos, es un tema de actualidad durante mucho tiempo; por lo menos, hasta mucho después de la publicación de la obra de Charles Darwin en el siglo xix. A pesar de la violenta oposición, el darwinismo, que es una teoría de la transformación perfeccionada por los principios de adaptación y de selección natural de las especies, echa raíces.
Sin embargo, en el darwinismo, en los primeros decenios en que es objeto de debates, no hay ninguna base estrictamente científica. Esta teoría, fundada en una observación rigurosa de variaciones menores en diversas especies —de las que los pájaros de las islas Galápagos son un ejemplo patente—, sólo se basa en la deducción y en un razonamiento que sigue el siguiente esquema: a base de pequeñas mutaciones, una especie se convierte en otra distinta porque se adapta a un medio definido, en tanto que otra no es capaz de hacerlo; ésta es eliminada por selección natural, por razones de clima, de competencia alimentaria, de cataclismos, etc. El discurso sobre la mutabilidad de las especies tiende a enredarse en especulaciones sobre los «saltos» que da la Naturaleza para pasar de una especie a otra, como sostuvo, por ejemplo, Geoffroy SaintHilaire unos decenios antes, o sobre las transiciones progresivas que, entre otros, defendió Gaudry. Por aquel entonces, nadie concibe la diferencia entre los cambios estrictamente adaptativos, que sólo inciden en el fenotipo o expresión del patrimonio genético, y los cambios intrínsecamente genéticos, que inciden en el genotipo y no se concibe la diferencia por la sencilla razón de que la genética aún no ha nacido.

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