Segundo factor: la situación política y económica del entorno
Pero el progreso de la ciencias no es el único factor que influye en los descubrimientos. Las necesidades de la época, económicas y políticas, son otro factor a tener en cuenta. Cuando, en 1928, Fleming descubre la penicilina, el concepto de campo dominaba la medicina, como lo venía haciendo desde Claude Bernard, y era inconcebible que, salvo para modificar el campo de la vacunación, por ejemplo, fuera posible actuar de forma sistemática contra los gérmenes. En su Histoire de la médecine (Historia de la medicina), Charles Litchtenthaeler recuerda a un profesor, Ludolf von Krehl, que afirmaba: «Cuando era ayudante en Leipzig, hacia 1890, prácticamente no curábamos». Y declara que en los años treinta «la medicina interna era la ciencia de las enfermedades incurables...». Fleming, por tanto, no concebía que fuera posible fabricar un medicamento a partir de su descubrimiento, que sólo conocían los bacteriólogos y que no se utilizó durante mucho tiempo. Paradójicamente, el verdadero descubridor de la penicilina es el descubridor de las sulfamidas, Gérard Domagk, pues son éstas las que por fin, en 1935, inauguran la era de la terapéutica en la medicina moderna. La inminencia de la Segunda Guerra Mundial anuncia una nueva urgencia: enormes porcentajes de heridos corren el peligro de morir por la infección de sus heridas y hay que apresurarse a evitarlo. Chain y Florey retoman el descubrimiento de Fleming y pronto ponen sobre aviso al gobierno norteamericano; éste, probablemente movido en parte por intereses comerciales, moviliza los considerables fondos necesarios para la purificación y la producción en masa de cristales de penicilina. Es un hecho que, sin los grandes laboratorios americanos, la penicilina no hubiera nacido tan deprisa.
Podemos preguntarnos asimismo si el desarrollo de la industria textil en el siglo xix, provocado por la llegada de la nueva burguesía, sobre todo la pequeña y la mediana, no fue uno de los factores principales de otro descubrimiento fundamental: el de la anilina. Por aquel entonces la industria textil dependía de las importaciones de añil, que estaban en manos de los imperios coloniales. Los alemanes, entre otros, tenían que comprárselo a los ingleses o a los holandeses, a los chinos o a los comerciantes americanos que eran los dueños de la producción de América Central.
Liberarse de esta servidumbre sería una buena jugada. Cabe imaginar que fue esta perspectiva la que llevó al joven Unverdorben a tratar de saber lo que había en el fondo de la tintura natural del añil. En 1826 llevó a cabo una destilación seca, sobre cal, obteniendo algo inesperado: una base orgánica desconocida que se oscurecía rápidamente y cuyos vapores intoxicaban, la anilina. Su descubrimiento modificó la química industrial, pero es que la época ya estaba preparada para ello, incluso lo exigía. Unos años después, Runge y Perkin, entre otros, profundizaron en el descubrimiento de Unverdorben. La fórmula de añil no se establecería hasta medio siglo después de la de la anilina.
El factor X
Resulta imposible, sin embargo, ignorar el papel de la casualidad en el destino de un descubrimiento. Éste depende de una serie de imponderables tales que una revelación importantísima puede pasar inadvertida durante mucho tiempo, incluso de modo definitivo. Nunca sabremos para qué servía la «pancreína», aislada por el rumano Paulesco y jamás experimentada en seres humanos. Quizá fuera el equivalente de la insulina; puede que fuera exactamente eso y el prestigio de los descubridores americanos ocultara de forma injusta el trabajo de un rumano. Y no es que entonces no hubiera interés por un remedio contra la diabetes. Sin embargo, Paulesco es un desconocido. En materia de descubrimientos, se tiende de modo inconsciente a prestar atención sólo a los ricos. Un descubrimiento firmado por un premio Nobel recibe mucha más atención que el mismo hallazgo de un desconocido. Incluso vemos que los «ricos» comparten el mérito de descubrimientos que se han limitado a patrocinar, como vuelve a ser el caso de la insulina.
Macleod, que, todo hay que decirlo, compartió el Nobel con Banting, no fue más que el patrocinador de los trabajos de Banting y de su colaborador Best: ¡estaba de vacaciones cuando se descubrió la insulina! Su único mérito fue el de admitir —y no sin reservas— a Banting en su laboratorio, patrocinar su trabajo y enseñarle los protocolos de experimentación, que Banting desconocía (de ahí la incorporación de Best y posteriormente de Collip). Puede que la sensibilidad contemporánea se sorprenda por el hecho de que Banting sólo obtuviera la mitad de los frutos de su descubrimiento. Pero en aquella época (y hasta cierto punto en la nuestra), el prestigio de un trabajo recaía en el dueño del laboratorio donde se había realizado. Y no hay que apresurarse a considerar a Macleod un «negrero» de la ciencia: alma cuya delicadeza nos complace señalar, ofreció la mitad de su remuneración a Collip, al que consideraba injustamente postergado.
El azar dirigido
Sea cual sea el papel de la casualidad, no hay que sobreestimarlo y suponer que todo descubrimiento es una comedia intelectual en la que al buscar A se encuentra B. Desde luego que no es así, y que hay que tener en cuenta la orientación del investigador y su práctica de la observación. En el siglo xvm había un gran interés por la electricidad, cuya existencia era conocida desde el siglo ra antes de nuestra era, pero hasta entonces no se le había prestado, mucha atención. Multitud de curiosos experimentaban con la electricidad estática, la única conocida antes de Volta; provistos de trozos de alambre, tacos de madera, barras de vidrio, de resina y de metal, se dedicaban a frotar a cual más. Un físico, Franqois du Fay, observa que una lámina de oro muy fina es atraída por una varilla de cristal electrizada, después repelida por otra y posteriormente atraída por una de resina. De ello deduce la existencia de dos tipos de electricidad: una que denomina vitrea, propia de los cuerpos transparentes, y otra que denomina resinosa, porque cree que es propia de los cuerpos resinosos. Fay descubrió la electricidad positiva (la «vitrea») y la negativa («la resinosa») y lo hizo porque realizó experimentos con la electricidad y porque era un buen observador. Podemos, por tanto, deducir que si el descubridor suele ser alguien que, al buscar A, encuentra B es asimismo alguien que buscando A encuentra A'. El azar existe, pero, en la investigación científica, está dirigido.
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