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El peso de las ideologías

Queda por definir lo que es un descubrimiento. El ilustre episte-mólogo Karl Popper le ha dedicado un gran volumen de muchas páginas. Nosotros sólo podemos, de modo muy prudente, proponer una glosa, que se resume así: es imposible enunciar un descubrimiento en términos definitivos. Un descubrimiento siempre refleja sólo parte de la realidad. Así, al descubrir las leyes de la gravitación universal, Newton no puede saber que dos
siglos después se descubrirán cuerpos celestes cuya dinámica es incompatible con ellas: los quasars. Y cuando descubren las mutaciones naturales, Dubinine y Spenser no pueden adivinar que, un día, el fenómeno que uno de ellos ha observado y el otro explicado aparecerá como mucho más complejo de lo que habían supuesto. El descubrimiento de segmentos de ADN «inútiles», los intrones, inducirá a pensar que las mutaciones no son en absoluto fenómenos excepcionales y que quizá se produzcan de modo permanente, incluso en los animales superiores.
Ya se trate de una ley o de un objeto, el descubrimiento siempre es la adquisición de un fragmento de saber que impone una reorganización del saber anterior. Si se trata de una ley, únicamente su verificación repetida permite elevarla a la categoría de descubrimiento; es el único medio de evitar una desgracia tan célebre como el «descubrimiento» de los famosos rayos N por el infortunado Prosper Blondlot, que incluso lo comunicó a la Academia de las Ciencias. Y si se trata de un objeto, sólo el análisis sistemático puede permitir calificarlo de descubrimiento; es, además, el único medio de evitar una farsa tan desastrosa como la del cráneo de Pilttdown, falso hombre prehistórico británico fabricado con distintos trozos (por el ilustre Conan Doyle, según algunos investigadores).

Los criterios de una elección

Queda por determinar los criterios por los que hemos elegido los descubrimientos en un inventario como éste. ¿Por qué hemos incluido el descubrimiento de Troya por Schliemann y no el de la tumba de Tutankhamon por Cárter y Carnarvon? Porque el primero reveló que las leyendas antiguas contenían un sustrato histórico y contribuyó a la creación de una disciplina independiente, la etnoarqueología, mientras que el segundo sólo aportó, además de un tesoro, información menor sobre un reyecillo de la XVIII dinastía y sobre la situación del artesanado egipcio de la época. ¿Por qué, por ejemplo, hemos incluido el descubrimiento del esqueleto de «Lucy», un australopiteco como otros muchos, y no la partícula ípsilon, cuya masa sextuplica la del protón (descubierta en 1976)? Porque «Lucy» ha enseñado muchas cosas a los paleontólogos sobre los orígenes de la raza humana, en tanto que los descubrimientos de partículas elementales son tan numerosos que ocuparían un volumen como esta obra, sin hacer avanzar mucho los conceptos generales de la física.
Asimismo nos hemos atenido en nuestra elección al siguiente principio: los descubrimientos más importantes son los que en mayor medida han modificado tanto la ciencia pura como lo que denominaríamos el saber colectivo y la vida cotidiana. El descubrimiento de la anestesia, por ejemplo, permitió enfrentarse a la perspectiva de una operación sin la terrible angustia de otros tiempos y el de las sustancias anovulatorias desencadenó una revolución social más o menos pacífica, de la que no hay prácticamente equivalente alguno en toda la historia de la humanidad. Los descubrimientos del hombre de Neanderthal y el de Cro-Magnon disiparon los espejismos sabiamente mantenidos por los «creacionistas» y abrieron perspectivas que pueden hacernos soñar, puesto que es posible que la raza humana, tal como la conocemos, pueda seguir evolucionando de aquí a varios miles de años o a decenas de miles de años. El descubrimiento de los cristales líquidos y el de los efectos electromagnéticos sobre los tumores (máquina de Priore) nos parecen fundamentales, a pesar de que se hallen inacabados, y ésa es la razón de que figuren en este libro junto con el del café y el del caucho.
Nuestro objetivo ha sido asimismo incitar a la modestia, diseñando el itinerario frecuentemente caótico del saber, que se halla cubierto de ocasiones perdidas. ¡Cuántas muertes y cuántos sufrimientos se habrían ahorrado si se hubiera reparado en la «crema de soja antibiótica» de los chinos y en las bacterias descritas por Leeuwenhoek! ¡De cuánta preciosa información dispondríamos si, hace varios siglos, antes de Niépce, a alguien se le hubiera ocurrido colocar en el fondo de una caja negra con un agujero una placa de cobre bañada en betún de Judea! ¡Quizá tendríamos una foto de Julio César o de Carlomagno! Del colegial al sabio, el espíritu mantiene con demasiada facilidad la ilusión de su omnipotencia...
De que nuestra selección ha sido subjetiva es buena prueba el número de descubrimientos consignados: unos ciento veinte, cuando hay millares. Pero esperamos que esta imperfección sea útil: como demostraron los inventores del transistor en 1948, son las impurezas del silicio las que facilitan el paso de la corriente eléctrica...


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