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Matemáticos notables: Nicolás Bourbaki

 

Hacia finales del siglo XIX había por lo menos tres grandes exposiciones de las matemáticas. La de Klein era la Encyclopaedie der mathematischen Wissenchaften mit Einschluss ihrer Anwendungen [Enciclopedia de las ciencias matemáticas y de sus aplicaciones], que abarcaba la mayor parte de los aspectos de la matemática pura y aplicada, incluyendo la física, la geofísica y la astronomía. Estaba, como la mayoría de las enciclopedias, muy anticuada cuando fue completada en 1935. El Formulario de Peano, escasamente conocido hoy en día, era un pesado catálogo de fórmulas escritas en forma altamente condensada, y oscurecido por un lenguaje artificial. Estos dos trabajos describían los conocimientos que existían hacia finales del siglo pasado. Por otra parte, Hilbert delineó en sus problemas la parte desconocida, dando de esta forma un gran impulso al progreso de las matemáticas en el presente siglo.
La siguiente descripción importante de las matemáticas iba a ser hecha en una forma muy diferente y se trataba de un producto netamente del siglo xx. Su autor era «Nicolás Bourbaki». La primera vez que salió a la escena matemática fue como autor de unas notas en el Compíes Rendu, revista de la Academia Francesa de Ciencias, hacia mediados de los años treinta. Sin embargo, su nombre sonaba a griego y su historial era desconocido. Más tarde, a comienzos de 1939, comenzó a aparecer un extenso texto de matemáticas en varios volúmenes bajo su autoría.
En los colegios y universidades de Francia, como en muchos otros países, era costumbre, entre los estudiantes mayores, gastar bromas a los colegas de primer año, haciéndose pasar por profesores, dándoles informaciones disparatadas e, incluso, dándoles clases falsas. Este era el caso en la Ecole Nórmale Supérieure, uno de los grandes centros de aprendizaje para los estudiantes franceses de matemáticas. Un profesor visitante aparentemente distinguido, pero en realidad falso, llamado Nicolás Bourbaki, daba conferencias muy bien preparadas, pero de contenido descabellado, para engañar a los novatos. Eso es, al menos, lo que dice una de las versiones de la historia.
También hubo un oficial, llamado general Charles Denis Sonter Bourbaki, que logró fama durante la guerra francoprusiana. Su distinguida carrera terminó en 1871 cuando con su ejército maltrecho se refugió en Suiza, con el ánimo de ser enterrado allí. Con esta perspectiva por delante intentó suicidarse, pero erró el tiro y continuó viviendo hasta una avanzada edad. Anteriormente debió, no obstante, haber alcanzado honores y grandeza, ya que se le ofreció el trono de Grecia en 1862. ¿Tiene esto algo que ver con nuestra historia? Cierto es que los antiguos matemáticos griegos habían sido venerados y, en el caso de Pitágoras, casi deificados. También se ha dicho que había una estatua del general en Nancy, y es verdad que algunos de sus homónimos de tiempos modernos pasaron algún tiempo en la Universidad de Nancy.
Otra versión de la historia es que «Nicolás» y su libro tuvieron su origen en una conversación entre los matemáticos franceses André Weill y Jean Delsarte acerca del modo más efectivo de enseñar el cálculo. Esta historia es reminiscencia de otra que describe a Sir Isaac Newton descubriendo la ley de la gravitación universal a causa de la manzana que le cayó en la cabeza. Podría ser verdad, pero nada tendría que ver con la verdad completa.

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